jueves, 8 de octubre de 2026

Cuento: El sol es una mano quieta

A mediados del año 1996, un periódico frívolo, necesitado de una porción de drama en su abanico burbujeante y amarillista, me mandó a tomarle el pulso a un pueblo fantasma. Este pueblo, Amaicha del Valle, quedaba, o quedaba entonces, en Tucumán, a 180 kilómetros de la Casa de la Independencia.

A comienzos de la década del 70, Amaicha tenía poco más de tres mil habitantes. Todos vivían alrededor del ingenio azucarero y de un viñedo. Años después, sólo quedaron las uvas del buen vino.

Hacia 1980, de los tres mil habitantes quedaron menos de cuatrocientos. Permanecieron algunas madres con sus hijas más chicas y algunos viejos que, por falta de voluntad, no se iban para morir en otra tierra. Hacia 1990, el silencio se había adueñado del pueblo. Menem y su autodenominada transformación económica habían superado el límite de la muerte sobre la vida.

Yo había llegado con una libreta, una grabadora y esa mezcla de curiosidad y soberbia que a veces llevan los periodistas cuando creen que van a contar la vida de los demás en una nota de dos páginas. En la redacción me habían dicho: “Andá, mirá qué queda y volvé con algo fuerte”. Algo fuerte. Así se llamaban, en esos años, las vidas de los otros.

El viaje desde Tucumán fue largo. La ruta se fue quedando sin casas y después casi sin árboles. El paisaje empezó a cambiar de color hasta volverse una sucesión de marrones, ocres y verdes apagados. El aire era seco y entraba por la ventanilla con olor a tierra caliente. En algunos pueblos aparecían perros echados al costado del camino, demasiado quietos para perseguir el auto. Yo todavía no sabía que, iba a volver a encontrar esos perros, en Amaicha.

El día anterior había estado en el hospital de niños de Tucumán y había visto una hilera de chicos con el vientre inflamado. Había madres sentadas en los pasillos, algunas con los chicos dormidos sobre las piernas. Una mujer me había pedido que le alcanzara un vaso de agua. Otra, miraba una puerta cerrada como si detrás de ella estuviera esperando una respuesta. Salí de ahí con el olor del hospital pegado a la ropa: lavandina, remedios, transpiración y ese olor particular de los lugares donde demasiada gente espera.

Al día siguiente, al llegar a Amaicha, lo primero que me sacudió fue la frase del cartel de bienvenida: “...de los 365 días del año sólo llueven 5...”. Se acercó un pueblerino y me dijo:

—Aquí el sol es una mano quieta.

Lo dijo sin solemnidad, como quien dice que el almacén cerraba a las ocho o que el colectivo pasaba los martes. Después siguió caminando. Yo me quedé unos segundos mirando el cartel y después el cielo. Era un cielo limpio, enorme, casi insolente.

Las veredas y las calles habían perdido los bordes, habían perdido el amor propio. Una casa y otra casa, abandonadas. Las puertas estaban hinchadas por el tiempo. Algunas ventanas tenían los vidrios rotos y otras permanecían cerradas como ojos que ya no querían mirar. Había olor a adobe seco, a leña vieja, a tierra. En una esquina crecían yuyos donde alguna vez debió haber pasado una escoba. Empujé una puerta entreabierta. Una mujer, más gastada que vieja, nos dijo:

—Los hombres y mujeres se fueron por trabajo muy lejos. Quedamos algunas mujeres y los niños y un puñado de viejos. Las mujeres vamos a Cafayate —la ciudad más cercana— tres veces por semana, por trabajo.

La mujer hablaba despacio. No parecía esperar lástima. Mientras hablaba, una criatura apareció detrás de su pollera y volvió a esconderse. En el fondo de la casa se escuchaba el raspado de una olla.

—Esa señora que usted está ahora mirando no está gorda, está embarazada. Pero con el marido lejos. Cuando él vuelva su gurí habrá nacido y seguro que hasta sabrá caminar.

Se rió apenas, sin alegría. Después miró hacia la puerta.

—Las cosas de a poco se van cayendo. Se caen las cosas porque se cansan de tanto silencio...

Anoté la frase. Después cerré la libreta. Me pareció que escribirla podía convertirla en una frase bonita y que ella estaba hablando de algo demasiado serio para que yo lo adornara.

Dos cuadras más allá me encontré con un viejo. Don Matías había enviudado hacía veinte años. Me invitó a su rancho. Mientras tanto, la salamandra, cargada de carbón, escupía humo.


El rancho olía a leña, a ropa guardada y a guiso. El humo se quedaba adentro y hacía llorar los ojos. Don Matías no parecía tener apuro por nada. Me ofreció un mate que ya estaba lavado y se sentó frente a mí.

Don Matías no hablaba con nadie. Sólo conversaba, cada mañana, al alba, con una foto. La de su mujer. La fotografía estaba sobre una repisa, al lado de una estampita y un vaso con dos flores secas.

—Ella se murió hace veinte años —me dijo.

Le contesté que lo sabía.

—Sí, pero yo no.

No entendí. O no quise entender. Don Matías creía que hoy era mucho tiempo. O, al revés, que hacía mucho tiempo era hoy.

Antes de irme me acompañó hasta la puerta. El frío de la tarde había empezado a meterse entre las casas.

—Cuando uno se queda solo —me dijo—, el tiempo deja de pasar como antes.

No encontré qué contestarle. Hay momentos en que cualquier respuesta parece una falta de respeto. Los escasos vecinos nos contaron que aquello había sido un pueblo con plaza, con club, con bar, con dos almacenes de ramos generales. Ahora era sólo el recuerdo.

Me mostraron dónde había estado la plaza. Una mujer señaló un terreno vacío y me dijo que ahí se bailaba en las fiestas. Otro recordó un almacén donde vendían harina, azúcar, querosén, vino y caramelos. Hablaban de esos lugares como si todavía estuvieran abiertos. Quizás lo estaban. Sólo que en otra parte de la memoria.

Antes de seguir viaje, me acerqué a un señor que estaba sentado con la silla al revés en lo que había sido la vereda. Tenía un diario arrugado en la mano, vaya a saber de cuándo, y me hizo pasar a su casa.

Se llamaba García. No recuerdo su nombre de pila. Quizás porque en aquel momento todos eran simplemente García, Matías, la señora de la esquina, el hombre de la radio. Gente que parecía haber quedado fuera de los mapas mientras en Buenos Aires se discutía sobre mercados, privatizaciones y modernización.

Tenía dos habitaciones, una especie de cocina-comedor y una radio a transistores. Había pocas cosas. Una mesa, cuatro sillas, una cama, una cocina y un mueble lleno de papeles. En una taza había tres tornillos. En otra, fósforos. Me miró mientras yo miraba y entonces me dijo:

—Mis hijos, mis nietos, mi mujer, todos se fueron a vivir a la provincia de Buenos Aires. Yo soy jubilado mecánico y fanático de Boca Juniors.

Me señaló una fotografía de Maradona que estaba debajo del crucifijo.

—Preferí juntar todas mis cosas aquí en la cocina porque, tropezando con las cosas, siento que estoy acompañado.

Lo dijo y se quedó pensando. Después agregó:

—Si las pongo cada una en su lugar, parece que vivo solo.

Había desolación, pero también limpieza. En una pared, un crucifijo. Y al lado, un retrato de Diego Maradona.

—Linda radio —le dije.

Y García se iluminó.

—Linda y compañera. Pero sólo la prendo y la saco un rato los domingos, por el gasto de pilas, ¿vio?

La radio estaba envuelta en un repasador. La trataba como si fuera una cosa frágil, aunque seguramente había soportado más golpes que cualquiera de nosotros. Le pregunté a García dónde sacaba la radio. Me tomó de un brazo y me dijo:

—Venga conmigo.

Salimos.

—¿Ve allá enfrente?

Ahí estaba la canchita. Hacía tiempo que nadie jugaba allí. Era imposible juntar dos equipos de once. El rectángulo de juego ya no existía. A un arco sólo le quedaban dos postes. El viento había borrado las líneas. Quedaban algunos pozos, yuyos secos y pedazos de alambre. En una de las esquinas todavía se veía una marca blanca, quizás de cal, quizás de otra época.

Abajo del otro arco, entero todavía, García se detuvo y me contó:

—A mi radio los domingos la pongo aquí, justo debajo de este arco, y escucho el partido, de a ratos, por las pilas, ¿vio?

Me pregunté qué partido escucharía. Si Boca jugaba de local, si jugaba afuera, si esperaba los domingos, aunque no jugara. Pero no se lo pregunté. García dejó la radio sobre el suelo, justo donde, según él, había estado el área chica.

—Acá venía toda la gente.

—¿Y ahora?

Se encogió de hombros.

—Ahora vengo yo.

Nos quedamos un rato sin hablar. A lo lejos se escuchaba un pájaro. Nada más. Ni una pelota contra una pared, ni una voz, ni el motor de un auto. Entonces García encendió la radio. El aparato tardó unos segundos en encontrar una frecuencia. Primero apareció una música entrecortada, después una voz, después una publicidad. Él bajó el volumen.

—Todavía anda.

Lo dijo con orgullo. Una cancha sin bordes, sin jugadores, sólo un arco. Una radio los domingos. García vivía de eso. Vivía para eso.

Yo había llegado para escribir sobre un pueblo que se moría. Pero mientras miraba a García, debajo de aquel arco pensé que quizás, había algo más difícil de contar: la gente que se queda cuando ya no queda casi nada. Los que sostienen una casa, una fotografía, una radio, una camiseta, una costumbre. Los que siguen poniendo la mesa, aunque falte alguien.

Pensé en los chicos que había visto el día anterior en el hospital. Pensé en sus madres. Pensé en aquella mujer embarazada cuyo marido estaba lejos. Pensé en los habitantes que se habían ido y en los pocos que permanecían allí, como si resistir fuera también una forma de trabajo.

En la redacción, seguramente, esperaban otra cosa. Una historia triste, alguna fotografía con una casa abandonada y un título que hablara de la muerte de un pueblo. Quizás hasta una palabra como “progreso”.

Yo ya no estaba tan seguro de saber qué significaba esa palabra. Me despedí y García se quedó mirándome desde ahí, desde abajo del arco. No me dio la mano. Levantó apenas la cabeza y me dijo:

—Vuelva algún domingo.

Le prometí que volvería, aunque sabía en mí interior, que no iba a volver. Tres, cuatro perros deshilachados me acompañaron y encontré respuesta para lo que había dicho aquel hombre cuando llegué: Aquí el sol es una mano quieta.

Mientras me alejaba, miré hacia atrás. García seguía debajo del arco, con la radio a sus pies. Era una figura pequeña en medio de aquella cancha vacía. El sol empezaba a bajar, pero no parecía moverse. O quizás éramos nosotros los que nos movíamos demasiado rápido. Tan quieta era la mano de sol que los perros no ladraron cuando llegamos, ni ladraron ahora que nos estábamos yendo.

Gonzalo Niggli