jueves, 8 de octubre de 2026

Cuento: El sol es una mano quieta

A mediados del año 1996, un periódico frívolo, necesitado de una porción de drama en su abanico burbujeante y amarillista, me mandó a tomarle el pulso a un pueblo fantasma. Este pueblo, Amaicha del Valle, quedaba, o quedaba entonces, en Tucumán, a 180 kilómetros de la Casa de la Independencia.

A comienzos de la década del 70, Amaicha tenía poco más de tres mil habitantes. Todos vivían alrededor del ingenio azucarero y de un viñedo. Años después, sólo quedaron las uvas del buen vino.

Hacia 1980, de los tres mil habitantes quedaron menos de cuatrocientos. Permanecieron algunas madres con sus hijas más chicas y algunos viejos que, por falta de voluntad, no se iban para morir en otra tierra. Hacia 1990, el silencio se había adueñado del pueblo. Menem y su autodenominada transformación económica habían superado el límite de la muerte sobre la vida.

Yo había llegado con una libreta, una grabadora y esa mezcla de curiosidad y soberbia que a veces llevan los periodistas cuando creen que van a contar la vida de los demás en una nota de dos páginas. En la redacción me habían dicho: “Andá, mirá qué queda y volvé con algo fuerte”. Algo fuerte. Así se llamaban, en esos años, las vidas de los otros.

El viaje desde Tucumán fue largo. La ruta se fue quedando sin casas y después casi sin árboles. El paisaje empezó a cambiar de color hasta volverse una sucesión de marrones, ocres y verdes apagados. El aire era seco y entraba por la ventanilla con olor a tierra caliente. En algunos pueblos aparecían perros echados al costado del camino, demasiado quietos para perseguir el auto. Yo todavía no sabía que, iba a volver a encontrar esos perros, en Amaicha.

El día anterior había estado en el hospital de niños de Tucumán y había visto una hilera de chicos con el vientre inflamado. Había madres sentadas en los pasillos, algunas con los chicos dormidos sobre las piernas. Una mujer me había pedido que le alcanzara un vaso de agua. Otra, miraba una puerta cerrada como si detrás de ella estuviera esperando una respuesta. Salí de ahí con el olor del hospital pegado a la ropa: lavandina, remedios, transpiración y ese olor particular de los lugares donde demasiada gente espera.

Al día siguiente, al llegar a Amaicha, lo primero que me sacudió fue la frase del cartel de bienvenida: “...de los 365 días del año sólo llueven 5...”. Se acercó un pueblerino y me dijo:

—Aquí el sol es una mano quieta.

Lo dijo sin solemnidad, como quien dice que el almacén cerraba a las ocho o que el colectivo pasaba los martes. Después siguió caminando. Yo me quedé unos segundos mirando el cartel y después el cielo. Era un cielo limpio, enorme, casi insolente.

Las veredas y las calles habían perdido los bordes, habían perdido el amor propio. Una casa y otra casa, abandonadas. Las puertas estaban hinchadas por el tiempo. Algunas ventanas tenían los vidrios rotos y otras permanecían cerradas como ojos que ya no querían mirar. Había olor a adobe seco, a leña vieja, a tierra. En una esquina crecían yuyos donde alguna vez debió haber pasado una escoba. Empujé una puerta entreabierta. Una mujer, más gastada que vieja, nos dijo:

—Los hombres y mujeres se fueron por trabajo muy lejos. Quedamos algunas mujeres y los niños y un puñado de viejos. Las mujeres vamos a Cafayate —la ciudad más cercana— tres veces por semana, por trabajo.

La mujer hablaba despacio. No parecía esperar lástima. Mientras hablaba, una criatura apareció detrás de su pollera y volvió a esconderse. En el fondo de la casa se escuchaba el raspado de una olla.

—Esa señora que usted está ahora mirando no está gorda, está embarazada. Pero con el marido lejos. Cuando él vuelva su gurí habrá nacido y seguro que hasta sabrá caminar.

Se rió apenas, sin alegría. Después miró hacia la puerta.

—Las cosas de a poco se van cayendo. Se caen las cosas porque se cansan de tanto silencio...

Anoté la frase. Después cerré la libreta. Me pareció que escribirla podía convertirla en una frase bonita y que ella estaba hablando de algo demasiado serio para que yo lo adornara.

Dos cuadras más allá me encontré con un viejo. Don Matías había enviudado hacía veinte años. Me invitó a su rancho. Mientras tanto, la salamandra, cargada de carbón, escupía humo.


El rancho olía a leña, a ropa guardada y a guiso. El humo se quedaba adentro y hacía llorar los ojos. Don Matías no parecía tener apuro por nada. Me ofreció un mate que ya estaba lavado y se sentó frente a mí.

Don Matías no hablaba con nadie. Sólo conversaba, cada mañana, al alba, con una foto. La de su mujer. La fotografía estaba sobre una repisa, al lado de una estampita y un vaso con dos flores secas.

—Ella se murió hace veinte años —me dijo.

Le contesté que lo sabía.

—Sí, pero yo no.

No entendí. O no quise entender. Don Matías creía que hoy era mucho tiempo. O, al revés, que hacía mucho tiempo era hoy.

Antes de irme me acompañó hasta la puerta. El frío de la tarde había empezado a meterse entre las casas.

—Cuando uno se queda solo —me dijo—, el tiempo deja de pasar como antes.

No encontré qué contestarle. Hay momentos en que cualquier respuesta parece una falta de respeto. Los escasos vecinos nos contaron que aquello había sido un pueblo con plaza, con club, con bar, con dos almacenes de ramos generales. Ahora era sólo el recuerdo.

Me mostraron dónde había estado la plaza. Una mujer señaló un terreno vacío y me dijo que ahí se bailaba en las fiestas. Otro recordó un almacén donde vendían harina, azúcar, querosén, vino y caramelos. Hablaban de esos lugares como si todavía estuvieran abiertos. Quizás lo estaban. Sólo que en otra parte de la memoria.

Antes de seguir viaje, me acerqué a un señor que estaba sentado con la silla al revés en lo que había sido la vereda. Tenía un diario arrugado en la mano, vaya a saber de cuándo, y me hizo pasar a su casa.

Se llamaba García. No recuerdo su nombre de pila. Quizás porque en aquel momento todos eran simplemente García, Matías, la señora de la esquina, el hombre de la radio. Gente que parecía haber quedado fuera de los mapas mientras en Buenos Aires se discutía sobre mercados, privatizaciones y modernización.

Tenía dos habitaciones, una especie de cocina-comedor y una radio a transistores. Había pocas cosas. Una mesa, cuatro sillas, una cama, una cocina y un mueble lleno de papeles. En una taza había tres tornillos. En otra, fósforos. Me miró mientras yo miraba y entonces me dijo:

—Mis hijos, mis nietos, mi mujer, todos se fueron a vivir a la provincia de Buenos Aires. Yo soy jubilado mecánico y fanático de Boca Juniors.

Me señaló una fotografía de Maradona que estaba debajo del crucifijo.

—Preferí juntar todas mis cosas aquí en la cocina porque, tropezando con las cosas, siento que estoy acompañado.

Lo dijo y se quedó pensando. Después agregó:

—Si las pongo cada una en su lugar, parece que vivo solo.

Había desolación, pero también limpieza. En una pared, un crucifijo. Y al lado, un retrato de Diego Maradona.

—Linda radio —le dije.

Y García se iluminó.

—Linda y compañera. Pero sólo la prendo y la saco un rato los domingos, por el gasto de pilas, ¿vio?

La radio estaba envuelta en un repasador. La trataba como si fuera una cosa frágil, aunque seguramente había soportado más golpes que cualquiera de nosotros. Le pregunté a García dónde sacaba la radio. Me tomó de un brazo y me dijo:

—Venga conmigo.

Salimos.

—¿Ve allá enfrente?

Ahí estaba la canchita. Hacía tiempo que nadie jugaba allí. Era imposible juntar dos equipos de once. El rectángulo de juego ya no existía. A un arco sólo le quedaban dos postes. El viento había borrado las líneas. Quedaban algunos pozos, yuyos secos y pedazos de alambre. En una de las esquinas todavía se veía una marca blanca, quizás de cal, quizás de otra época.

Abajo del otro arco, entero todavía, García se detuvo y me contó:

—A mi radio los domingos la pongo aquí, justo debajo de este arco, y escucho el partido, de a ratos, por las pilas, ¿vio?

Me pregunté qué partido escucharía. Si Boca jugaba de local, si jugaba afuera, si esperaba los domingos, aunque no jugara. Pero no se lo pregunté. García dejó la radio sobre el suelo, justo donde, según él, había estado el área chica.

—Acá venía toda la gente.

—¿Y ahora?

Se encogió de hombros.

—Ahora vengo yo.

Nos quedamos un rato sin hablar. A lo lejos se escuchaba un pájaro. Nada más. Ni una pelota contra una pared, ni una voz, ni el motor de un auto. Entonces García encendió la radio. El aparato tardó unos segundos en encontrar una frecuencia. Primero apareció una música entrecortada, después una voz, después una publicidad. Él bajó el volumen.

—Todavía anda.

Lo dijo con orgullo. Una cancha sin bordes, sin jugadores, sólo un arco. Una radio los domingos. García vivía de eso. Vivía para eso.

Yo había llegado para escribir sobre un pueblo que se moría. Pero mientras miraba a García, debajo de aquel arco pensé que quizás, había algo más difícil de contar: la gente que se queda cuando ya no queda casi nada. Los que sostienen una casa, una fotografía, una radio, una camiseta, una costumbre. Los que siguen poniendo la mesa, aunque falte alguien.

Pensé en los chicos que había visto el día anterior en el hospital. Pensé en sus madres. Pensé en aquella mujer embarazada cuyo marido estaba lejos. Pensé en los habitantes que se habían ido y en los pocos que permanecían allí, como si resistir fuera también una forma de trabajo.

En la redacción, seguramente, esperaban otra cosa. Una historia triste, alguna fotografía con una casa abandonada y un título que hablara de la muerte de un pueblo. Quizás hasta una palabra como “progreso”.

Yo ya no estaba tan seguro de saber qué significaba esa palabra. Me despedí y García se quedó mirándome desde ahí, desde abajo del arco. No me dio la mano. Levantó apenas la cabeza y me dijo:

—Vuelva algún domingo.

Le prometí que volvería, aunque sabía en mí interior, que no iba a volver. Tres, cuatro perros deshilachados me acompañaron y encontré respuesta para lo que había dicho aquel hombre cuando llegué: Aquí el sol es una mano quieta.

Mientras me alejaba, miré hacia atrás. García seguía debajo del arco, con la radio a sus pies. Era una figura pequeña en medio de aquella cancha vacía. El sol empezaba a bajar, pero no parecía moverse. O quizás éramos nosotros los que nos movíamos demasiado rápido. Tan quieta era la mano de sol que los perros no ladraron cuando llegamos, ni ladraron ahora que nos estábamos yendo.

Gonzalo Niggli

martes, 15 de septiembre de 2026

Cuento: El diccionario de la calle

I

Me llamo Mateo Roldán, y vendo libros usados en las veredas de Santa Fe. No cualquier libro: diccionarios viejos, novelas que nadie termina, ediciones gastadas de autores que la gente a veces nombra de reojo, como si fueran parientes lejanos. Yo digo que no vendo libros: vendo pedazos de memoria ajena. Cada hoja subrayada, cada mancha de café, cada firma en la primera página es un fantasma que me acompaña.

Hace unos días escuché al presidente Milei por la radio portátil que cargo en mi mochila. Su voz de trueno decía que los “zurdos de mierda” querían arruinar el país. Palabras filosas, como piedras lanzadas contra la ventana rota de mi puesto.

Me quedé pensando en las palabras. En cómo pueden curar o destruir.

Fontanarrosa decía que no hay malas palabras, sino malas intenciones. Dolina repetía que la grosería más grande es la injusticia. Yo, en la calle, lo sé mejor que nadie: un insulto a veces duele menos que un precio de pan.

II

Salí temprano esa mañana. El cielo tenía un color de ceniza húmeda. Caminé hasta la peatonal con mi carrito de fierro, cargado de libros que apenas logro vender. Pasé frente a un kiosco: los diarios mostraban en tapa la foto de Milei con la boca abierta, como un niño que grita demasiado fuerte en un recreo.

Me pregunté si alguna vez leyó a Dolina, o si alguna vez rió con un cuento del Negro Fontanarrosa. Tal vez no. Tal vez en su biblioteca no hay espacio para la ternura.

Yo, en cambio, aprendí en esos libros que el humor y la poesía son armas contra la desesperanza.

III

A media mañana desplegué mis tesoros en el piso: ediciones gastadas de Crónicas del Ángel Gris, tiras de Inodoro Pereyra, un Martín Fierro con páginas arrancadas, y un diccionario español-inglés del 78 que todavía conserva olor a humedad.

Se acercó un hombre con traje barato. Me señaló el diccionario.

—¿Cuánto?

Le dije el precio, y él resopló.

—Ni loco pago eso por una cosa vieja.

Lo vi alejarse y pensé: nadie quiere ya las palabras. Prefieren los gritos.

IV

Escribo esto en un cuaderno que rescaté de la basura. Es mi diario secreto, aunque nadie lo leerá jamás. Aquí guardo mis miedos, mis preguntas.

¿Y si tienen razón ellos? ¿Y si los pobres somos los culpables de todo? A veces, de tanto escuchar, uno empieza a creer en las mentiras. Como esas lluvias finitas que, gota a gota, terminan agujereando la piedra.

Pero entonces recuerdo a mi abuela, que repetía: “El que insulta mucho es porque no sabe explicar”. Ella, que jamás fue a la universidad, entendía más de política que todos los ministros juntos.

V

Hoy pasó una señora con bolsas del súper. Se detuvo frente a mí, me miró y murmuró algo que apenas escuché: “Andá a laburar de verdad”.

Sentí una puñalada. ¿Acaso esto no es trabajo? ¿No es acaso trabajo aguantar el frío, las corridas de la policía, el desprecio de los que me miran desde arriba?

Las malas palabras cambian de forma. A veces no son groserías, sino frases dichas con voz educada que te hacen sentir basura.

VI

Al mediodía compartí un sándwich con Roberto, un vendedor de medias que se sienta cerca de mí. Hablamos de fútbol, de los precios, del futuro que nunca llega.

—¿Escuchaste al presidente ayer? —me preguntó.

—Sí.

—Dice que la Argentina va a ser como Irlanda.
Reímos los dos.

—Ojalá —dije—, aunque yo nunca supe cómo es Irlanda. Lo único que sé es que la cerveza es rica. ¿Será?

Ramiro me contó que su hijo dejó la facultad porque no pudo pagar el boleto. “El presidente habla de héroes que hacen plata, pero mi hijo es más héroe que todos ellos”, dijo, y se le humedecieron los ojos.

VII

Por la tarde, un pibe de unos veinte años se acercó. Me pidió prestado un Crónicas del Ángel Gris. Lo hojeó con cuidado, como quien toca un objeto sagrado.

—¿Quién es este Dolina? —preguntó.

Le conté. Le hablé de los ángeles de Flores, de los bares perdidos, de las mujeres imposibles. El pibe me escuchaba con fascinación.

—¿Y puedo quedármelo fiado?

Lo dudé. Pero vi en sus ojos un brillo que rara vez aparece en esta ciudad cansada.

—Llevátelo —le dije—. Págame cuando puedas.

Me abrazó como si le hubiera regalado un tesoro. Y yo sentí, por un momento, que vender palabras todavía tenía sentido.

VIII

En el colectivo de regreso, la radio repetía los discursos de Milei. “El que gana dinero es un héroe. No le demos lugar a los zurdos de mierda”. La gente aplaudía en el auditorio.

Cerré los ojos. Me pregunté: ¿qué héroe soy yo, que gano apenas para un paquete de arroz? ¿Qué villano inventaron en mí, para que tantos me odien sin conocerme?

Las malas palabras no siempre vienen con insultos. A veces son políticas enteras disfrazadas de tecnicismos: ajuste, déficit, eficiencia. Palabras que suenan limpias pero que ensucian los platos vacíos.

IX

En casa me esperaban mis hijos. Les llevé un par de cuentos de Fontanarrosa que nadie quiso comprar. Los leímos en voz alta, entre risas y lágrimas. Ellos se rieron con Inodoro Pereyra. Yo también. Y me dije: todavía hay futuro mientras los chicos puedan reír.

Susana, mi compañera, me miró en silencio. Ella ya no ríe tanto. Sus ojos dicen lo que sus labios callan: el miedo a que un día no tengamos ni siquiera para ese arroz que nos sostiene.

X

Escribo ahora, en la madrugada. Afuera la ciudad duerme, pero yo no puedo. Las palabras del presidente siguen taladrándome la cabeza. “Zurdos de mierda”.

Pienso en lo que dijo Fontanarrosa: no hay malas palabras, hay malas personas. Pienso en lo que escribió Dolina: la verdadera grosería es el dolor de los pobres.

Yo, un vendedor ambulante de libros olvidados, resisto con palabras. Ellas me sostienen más que el pan. Porque, aunque no me den de comer, me dan dignidad.

XI

Mañana volveré a la peatonal. Volveré a extender mi manta de libros huérfanos. Volveré a escuchar los insultos disfrazados de economía.

Pero también volveré a mirar a los ojos de los que todavía creen en las palabras. Los que entienden que no hay insulto más grande que el hambre.

Y cuando el presidente vuelva a gritar, yo recordaré a Dolina, a Fontanarrosa, a mi abuela. Recordaré que las palabras pueden ser puñales, pero también pueden ser abrazos.

Mi puesto de libros es un diccionario de la calle. Allí se aprenden las verdaderas definiciones: pobreza es injusticia, trabajo es dignidad, héroe es el que comparte su pan. Las malas palabras del poder no podrán borrar esa verdad.

 

Gonzalo Niggli

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuento: La lluvia de palos

 

I

Me llamo Julián Echeverría, tengo sesenta y seis años y todavía cargo con la obstinación de no quedarme quieto. Hoy, 3 de agosto de 2025, pensé que iba a ser una jornada más de reclamo, de esas donde uno se sienta con otros en la plaza, se pasa el mate de mano en mano y se escucha, entre banderas arrugadas, cómo los altoparlantes gritan lo que ya sabemos: que nos roban, que nos humillan, que el presidente ha decidido volver la vejez un castigo.

Llegué temprano al Congreso, esa mole gris que a mí siempre me pareció más cárcel que casa de las leyes. El aire olía a pan viejo, como si la ciudad entera hubiera desayunado migajas. Caminé despacio, porque mis rodillas crujen como puertas oxidadas, pero cada paso era una declaración de persistencia. Yo, jubilado ferroviario, hijo de maquinistas, no iba a quedarme mirando desde la ventana cómo el país se doblaba de hambre.

La plaza estaba llena de rostros arrugados, de bastones alzados como estandartes, de gargantas que cantaban “¡La patria no se vende!”. Había también jóvenes, muchos estudiantes que se mezclaban con nosotros, como nietos de la dignidad. Yo me sentía acompañado, aunque la soledad siempre me persigue: la de haber sobrevivido a mis amigos que ya no están, la de escuchar mi propio corazón sonar demasiado fuerte cuando las sirenas empiezan a aullar.

II

A las cuatro de la tarde, como si alguien hubiera dado una orden secreta, el aire se endureció. Primero fue un empujón invisible: los escudos negros de la Policía Federal comenzaron a moverse hacia nosotros, despacio, con ese ritmo que tiene la muerte cuando se acerca. Un murmullo recorrió la plaza: algunos decían “cuidado”, otros “no aflojen”. Yo solo apreté el termo contra el pecho como si fuera una Biblia.

Los vi venir. Sus cascos brillaban como insectos bajo el sol, sus tonfas parecían ramas secas listas para quebrarse sobre nuestra piel. Yo pensé: qué vergüenza, hijos, qué vergüenza pegarle a los viejos. Y sin embargo, los golpes empezaron.

Sentí el primer impacto en la cabeza como si el cielo se partiera en dos. Un relámpago seco me atravesó el cráneo. Caí al suelo. El mundo se volvió rojo y negro, rojo y negro, un tambor golpeando desde dentro. Y entonces sucedió algo extraño: la sangre que corría por mi frente se transformó en un río. Yo, tirado en la vereda, vi cómo mi sangre se expandía y dibujaba pequeños barcos que navegaban hacia las alcantarillas. Escuché a los barcos cantar.

III

Me dio odio, sí, un odio espeso como alquitrán, pero también una lucidez repentina: aunque me quiebren, voy a seguir viniendo. Ese pensamiento me sostuvo mientras los gases empezaron a escupirse desde los tubos metálicos. El humo era espeso, ardía en los ojos como si me hubieran lanzado brasas. Tosí, lloré, quise gritar. Y en medio de esa bruma escuché a un compañero, también caído, que gritaba con voz quebrada:

—¡Vergüenza debería darles!

Lo dijo como si invocara un trueno. Y yo sentí que tenía razón: en ese instante, la vergüenza se volvió un fantasma que revoloteaba alrededor de los policías, mordiéndoles las botas, arañándoles los cascos. Vi a uno de ellos sacudirse como si un enjambre lo persiguiera.

Un camarógrafo que estaba cerca también cayó. Lo reconocí porque su cámara seguía prendida, tirada en el suelo, grabando el humo y los cuerpos arrastrándose. Lo escuché decir, con la voz hecha ceniza: “Esto quema como fuego en los ojos”. Sus palabras me parecieron poesía, porque eran verdad.

Yo no sé cuánto tiempo estuve en el piso. Sé que me levantaron entre dos estudiantes y me llevaron hasta una esquina donde un médico improvisado me lavó la herida con leche. Sentí que me ardía, pero también que renacía. Como si esa mezcla extraña tuviera el poder de devolverme la vista y la terquedad.

IV

Esa noche escribo esto, con la frente vendada, mientras mi mujer duerme en la otra habitación y la radio todavía repite las noticias: “Represión en Rosario contra jubilados que protestaban por el veto presidencial”. Lo dicen con esa frialdad de los comunicados oficiales, como si hablaran de otra galaxia. Yo, en cambio, siento todavía el olor a pólvora en las fosas nasales.

Me miro al espejo y no me reconozco. Hay un anciano con ojos enrojecidos que me devuelve la mirada. Pero detrás de él veo a mi padre, que murió con las manos curtidas de tanto manejar trenes, y a mi madre, que alguna vez me dijo: “Nunca bajes la cabeza, Julián”.

Me pregunto qué significa resistir cuando ya casi no te quedan fuerzas. Y me respondo solo: resistir es seguir escribiendo esto, aunque tiemble el pulso, resistir es ir mañana otra vez si es necesario, resistir es recordar que no estamos solos, aunque nos quieran dispersar a palos.

V

El realismo mágico, pienso, no está en los libros sino en la calle. Hoy lo vi cuando mi sangre se hizo río, cuando la vergüenza se volvió fantasma, cuando los gases parecían dragones de humo. Y aunque suene delirante, sé que todo eso fue real. Porque la represión en este país siempre mezcla lo tangible con lo imposible, lo humano con lo monstruoso.

En tiempos de Milei, donde nos dicen que los pobres sobran, que los jubilados somos un gasto, que la represión es orden, escribir este diario íntimo es mi modo de decir que no me rindo. Tal vez mañana ya no tenga fuerzas para salir, pero estas palabras quedarán, como quedó la voz de aquel compañero que gritó desde el piso: “Vergüenza debería darles”.

Yo sé que la vergüenza no los tocará a ellos, pero sí puede quedarse con nosotros, como una bandera que flamea en la memoria. Y esa memoria es la que me empuja a seguir. Porque, aunque me partan la cabeza, yo, Julián Echeverría, ferroviario jubilado, hijo de este suelo castigado, voy a volver. Siempre voy a volver.

 Gonzalo Niggli

lunes, 13 de julio de 2026

Nunca me pega - Cecilia Solá

– ¿Pero te pega? -me pregunta la policía, una chica jovencita, con el pelo recogido que me hace acordar un poco a mi hija.

– ¿Te pega o no te pega, mamita? Decidite, porque no podemos andar tomando denuncias por boludeces-


No sé qué decirle. Mi amiga me dijo que diga que sí, porque si no, no me van a dar pelota, pero no sé qué decir.

Porque Dardo nunca me dio un puñetazo. Ni una cachetada, ni una patada, ni siquiera me empujó. Pero le tengo miedo, igual le tengo mucho miedo cuando hago algo que no le gusta y él me mira y hace ese gesto con las manos, como que aprieta algo, y después descarga un puñetazo contra la pared, cerquita, cerquita, de donde está mi cabeza, pero no me pega.

-Estúpida- me dice- Estúpida de mierda, gorda pelotuda, te tendría que echar a la mierda, a ver quién te aguanta, quién te da de comer- me dice, pero no me pega.

A mí me gustaría tener mi plata, pero él no quiere que trabaje. Dice que soy una inútil, y que le va a salir más caro el collar que la perra, porque va a tener que pagar los juicios de mis clientas. Yo soy cosmetóloga y maquilladora profesional, dos años estudié, antes, cuando no lo conocía, pero ahora él no quiere que trabaje. Igual, a veces algunas de las chicas venían a casa para que las arregle, o les haga una limpieza de cutis, pero él se aparecía en la cocina y les decía -«Mirá que sos valiente vos, ésta te va a quemar toda la cara con esas meadas de perro que te pone» y se reía fuerte. Las clientas no vienen más, y mis amigas tampoco, porque soy una aburrida, ellas son todas pibas jóvenes, lindas, y yo soy una gorda culo caído y una bruta. Así me dice, y me clava un dedo en la panza fofa, en las nalgas blandas y se ríe, pero no me pega. Nunca me pega.

Él sí tiene amigos, a veces vienen a casa, y yo les cocino empanadas de pollo que a él le gustan. Antes me gustaba que vinieran, porque por lo menos veía gente, pero ya no me gusta más que venga nadie, porque él se pone gracioso y me dice «la ballena» o les pregunta a los amigos qué hizo para merecer esto, él que tuvo siempre las pibas de familia, las más lindas, y se pone a recordar las novias que tenía antes de conocerme.

-Me agarró con un hijo, la gorda- les dice, y se ríe- Ninguna boluda, aunque parece, se hizo preñar y se aseguró la buena vida- y se ríe solo, porque nadie más se ríe. Ahora sus amigos tampoco vienen más, y él dice que es porque mis empanadas son un asco. Pura grasa, igual que yo.

-¿Y, te pega o no te pega?- repite la señorita de uniforme, que está perdiendo la paciencia, y empieza a poner el mismo gesto de Dardo cuando le sirvo el almuerzo y me dice que le falta sal, o que está crudo, que con lo que me gusta comer como no voy a saber cocinar.

No, no me pega, nunca me pega, pero igual quiero que se vaya, igual quiero vivir sin miedo, igual necesito no sobresaltarme cuando escucho el motor del auto, igual quiero vivir sin ese dolor de estómago que me quedó desde aquella vez que Lauti, mi hijo, trajo una gatita y él la ahogó en la bañera, porque dijo que ya bastantes vagos daba de comer. Ahí supe que quería que se fuera. O que se muera. O morirme yo, como la gatita que lo arañó un poquito antes de quedarse quieta, con los ojos muy abiertos.

Si tuviera adónde me iría yo, pero no tengo. La casa está a mi nombre porque era de mi abuela, y me la dejó antes de morir porque yo la cuidé en sus últimos años, y es lo único que tengo. Eso y doscientos pesos que fui escondiendo de los vueltos de los mandados, sin que él se diera cuenta.

El otro día me encontré con Sandra, mi mejor amiga de la escuela de maquillaje, y me dijo que me veía mal, triste. Me largué a llorar como una boba y le conté todo, pero rápido, porque tenía que volver antes de que él llegara, si no, me iba a dejar encerrada como esa vez que me demoré en el súper porque había mucha gente y se enojó. Me tuvo encerrada en el dormitorio una semana, solo cuando él venía me dejaba salir para ir al baño. Pero no me pegó.

Sandra dice que lo puedo denunciar, que soy víctima de violencia económica, emocional y verbal, que la policía lo puede sacar porque la casa es mía.
Pero ahora la señorita dice que no pueden hacer nada, que trate de hablar con él, porque esto no es cosa para la policía, porque no me pega, aunque me esté matando.

Vídeo producido por estudiantes del 3° año del Profesorado de Inglés - ISFD N°186

jueves, 23 de octubre de 2025

Documentos, doctrinas y políticas de dominación de EE.UU. hacia América Latina (siglo XX)

 A lo largo del siglo XX, EE.UU. utilizó una combinación de doctrinas políticas, económicas y militares para mantener su hegemonía sobre América Latina.

Desde el “América para los americanos” hasta el “libre mercado para todos”, el objetivo fue el mismo: asegurar el control sobre los recursos naturales, las economías nacionales y las decisiones políticas de la región.

En contrapartida, los pueblos latinoamericanos desarrollaron resistencias:
la Revolución Mexicana, el peronismo, la Revolución Cubana, los movimientos de liberación nacional y las pedagogías críticas de Freire y otros educadores populares que lucharon por una segunda independencia.

1. Doctrina Monroe (1823, reactivada en el siglo XX)

“América para los americanos” —James Monroe, presidente de EE.UU.

Aunque formulada en el siglo XIX, la Doctrina Monroe fue reimpulsada durante todo el siglo XX como justificación ideológica del control estadounidense sobre América Latina. En su origen, pretendía evitar la recolonización europea, pero en la práctica significó:

  • El derecho autoproclamado de EE.UU. a intervenir en los asuntos del continente.
  • El rechazo a toda influencia europea, soviética o socialista en la región.
  • El sustento político del imperialismo económico y militar norteamericano.

2. Corolario Roosevelt (1904)

Extiende la Doctrina Monroe y declara que EE.UU. puede intervenir “preventivamente” en América Latina para mantener el orden y la estabilidad.

Aplicado sobre todo en Centroamérica y el Caribe, legitimó:

  • Ocupaciones militares (Cuba, Nicaragua, Haití, República Dominicana, Panamá).
  • El control de recursos estratégicos y del comercio marítimo.
  • La instalación de bases navales y embajadas con poder político.

Fue el fundamento del período conocido como “política del garrote” o “Big Stick”.

3. Política del Buen Vecino (1933–1945, Franklin D. Roosevelt)

Aunque se presentaba como un cambio hacia una relación de “respeto mutuo”, en realidad implicó:

  • Cooptar gobiernos latinoamericanos a través de acuerdos económicos y diplomáticos.
  • Expansión de la influencia cultural estadounidense (cine, música, idioma, educación).
  • Uso de la diplomacia y la propaganda como instrumentos de control durante la Segunda Guerra Mundial.

Fue una dominación más sutil, basada en la hegemonía cultural y la dependencia económica.

4. Doctrina Truman (1947) y comienzo de la Guerra Fría

Objetivo: detener la expansión del comunismo en el mundo.

Esta doctrina marcó el paso a una etapa militar y anticomunista en América Latina:

  • Promovió dictaduras aliadas a los intereses estadounidenses.
  • Dio origen a la Doctrina de Seguridad Nacional, adoptada por las Fuerzas Armadas latinoamericanas.
  • Justificó la persecución de movimientos sociales, sindicatos y partidos de izquierda.

5. Doctrina Eisenhower y la política de “contención” (década de 1950)

  • Intensificó el control económico mediante empresas multinacionales y préstamos condicionados.
  • Impulsó intervenciones encubiertas de la CIA, como en Guatemala (1954), donde se derrocó al presidente Jacobo Árbenz por intentar una reforma agraria.
  • Se consolidó la Alianza entre oligarquías locales y capital estadounidense.

6. Alianza para el Progreso (1961, John F. Kennedy)

Presentada como un “plan de cooperación y desarrollo”, fue en realidad un programa de control político y económico frente a la Revolución Cubana.

Objetivos reales:

  • Evitar el avance del socialismo y contener la influencia de Cuba y la URSS.
  • Promover reformas superficiales (educación, vivienda) sin tocar la estructura de poder.
  • Canalizar ayuda financiera con fines de subordinación y vigilancia.

7. Doctrina de Seguridad Nacional (décadas de 1960–1980)

“El enemigo interno es el propio pueblo”.

Inspirada en las academias militares de EE.UU. (como la Escuela de las Américas), esta doctrina instaló:

  • Golpes de Estado y dictaduras militares en Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y otros países.
  • Coordinación represiva bajo el Plan Cóndor, con apoyo logístico y de inteligencia de la CIA.
  • Desapariciones, torturas y censura bajo el discurso de la “lucha contra el comunismo”.

8. Consenso de Washington (1989)

Ya en el final del siglo XX, significó el nuevo rostro del dominio económico:

  • Impulsado por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de EE.UU.
  • Promovió políticas neoliberales: privatizaciones, apertura comercial, reducción del Estado.
  • Consolidó la dependencia financiera y tecnológica de América Latina.

Fue el paso del imperialismo militar al imperialismo financiero.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Eric Hobsbawm - Viva la revolución

 Está considerado uno de los grandes historiadores del siglo XX. Nació en Alejandría en 1917, creció en Viena y Berlín durante los años treinta y, después de mudarse a Londres, estudió Historia en Cambridge. A partir de 1947 impartió clases durante muchos años en el Birkbeck College, en la Universidad de Londres, donde se convirtió en profesor emérito de Historia Social y Económica, además de ser profesor visitante en varias universidades de todo el mundo. Obtuvo diecisiete doctorados honoris causa y otros muchos premios y distinciones.

Entre sus numerosos libros, publicados por Crítica, destaca la serie sobre el «largo» siglo XIX, formada por La era de la revolución, 1789-1848 (1997); La era del capital, 1848-1875 (1998); La era del imperio, 1875-1914 (1998) e Historia del siglo XX (1998), que ha sido traducida a muchos idiomas y aclamada por Niall Ferguson como «el mejor punto de partida para cualquiera que desee comenzar a estudiar historia contemporánea». Hobsbawm también escribió sobre otros muchos temas, incluyendo la memoria en Años interesantes. Una vida en el siglo XX (2003). Poco antes de su muerte, en octubre de 2012, terminó una colección de ensayos sobre cultura, Un tiempo de rupturas (2013), y también dejó instrucciones para la publicación de futuras colecciones: ¡Viva la Revolución! (2018), editado por Leslie Bethell, donde reúne sus escritos sobre América del Sur y América Latina,y Sobre el nacionalismo (2021) con la edición e introducción de Donald Sassoon.

Fuente: Planeta de Libros



lunes, 22 de septiembre de 2025

Planificación Didáctica – Historia en el Ciclo Superior

 

Propósitos

  • Promover en los y las estudiantes una comprensión crítica de los procesos históricos latinoamericanos y argentinos.
  • Analizar las tensiones entre proyectos de cambio social y las resistencias de los sectores dominantes.
  • Reflexionar sobre la relación entre pasado y presente en torno a las luchas por la justicia social, la democracia y los derechos humanos.

Contenidos

  1. Revolución: procesos de transformación política, económica y social.
    • Revolución Mexicana (1910).
    • Revolución Cubana (1959).
    • Revolución Nicaragüense (1979)
  2. Reforma agraria: redistribución de la tierra y tensiones sociales.
    • México postrevolucionario.
    • Bolivia en 1952.
    • Brasil en 1964.
  3. Gobiernos populares: políticas de inclusión y justicia social.
    • El peronismo en la Argentina (1946–1955).
    • Cárdenas en México.
    • Salvador Allende en Chile.
  4. Dictadura: autoritarismo y represión en América Latina.
    • Dictaduras del Cono Sur y Plan Cóndor.
    • La Dictadura Cívico-Militar en Argentina (1976–1983): terrorismo de Estado, violaciones a los derechos humanos, impacto económico y social.

Actividades sugeridas

  • Análisis de fuentes históricas: documentos, discursos, testimonios, artículos periodísticos.
  • Debates en clase: ¿Qué continuidades y rupturas podemos encontrar entre gobiernos populares y dictaduras?
  • Líneas de tiempo colectivas digital: ubicar los procesos revolucionarios, las reformas agrarias, los gobiernos populares y las dictaduras en perspectiva comparada.
  • Producción audiovisual: representar de manera creativa cómo se enfrentan los proyectos de emancipación y los de dominación.
  • Ensayo: redacción del tema específico seleccionado de 800 caracteres con la utilización de cinco citas.

Evaluación

  • Participación en debates y trabajos colaborativos.
  • Elaboración de informes breves o ensayos reflexivos sobre un proceso histórico elegido.
  • Presentación de producciones visuales o audiovisuales que sinteticen aprendizajes.
  • Capacidad de vincular pasado y presente en torno a los conceptos trabajados.

Cierre

El recorrido por revoluciones, reformas agrarias, gobiernos populares y dictaduras busca que los y las estudiantes reconozcan que la Historia no es sólo memoria del pasado, sino también una herramienta para comprender el presente y proyectar futuros más justos y democráticos.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Eric Hobsbawm - La era de las revoluciones

 Libro:

La era de la revolución, 1789-1848 es la obra fundamental de Eric Hobsbawm, un historiador marxista británico que analiza las transformaciones mundiales de ese período a través del concepto de la "doble revolución". Este libro es el primero de una trilogía que abarca el "largo siglo XIX", seguido por La era del capital y La era del imperio.

Click (PDF)

lunes, 1 de septiembre de 2025

Trabajo Práctico: Tutorías y Orientación Escolar

 

Propósito general

Que los estudiantes comprendan y reflexionen sobre el rol de la tutoría y la orientación escolar en la educación primaria y secundaria, vinculando teoría, normativa vigente y experiencias creativas, a través del trabajo colaborativo, la investigación y la producción de escritura.

Clase 1 – Presentación del proyecto

  • Presentación de los ejes temáticos (tutoría, políticas educativas, trayectorias, rol del grupo, rol del tutor, comunicación).
  • Organización de los grupos de 2 y 3 estudiantes.
  • Consigna inicial: cada grupo elige dos temas principales para analizar con marco teórico y los vincula con un tercer tema.
  • Explicación de la Bitácora grupal: registro semanal de reflexiones, debates y avances.
  • Indicación de la búsqueda bibliográfica para la próxima clase.

Clase 2 – Búsqueda bibliográfica y marco teórico

  • Presentación breve de materiales encontrados por cada grupo.
  • Debate sobre fuentes confiables (libros, artículos, leyes, resoluciones ministeriales).
  • Inicio de la redacción del marco teórico (debe contener 5 citas).
  • Orientación docente: sugerir textos claves y normativa vigente.

Clase 3 – Reflexión y debate

  • Puesta en común de primeras ideas sobre los temas elegidos.
  • Debate guiado: ¿qué tensiones se observan en la práctica escolar real?
  • Registro en bitácora: síntesis del debate + preguntas abiertas para seguir investigando.
  • Orientación para el desarrollo de un proyecto de tutorías: Cada grupo inicia la planificación de un proyecto de tutorías para un curso de secundaria.

Clase 4 – Producción del proyecto

  • Taller de escritura: Socialización parcial en el aula.
    • Definir objetivos, actividades y rol del tutor en el proyecto.
    • Socialización parcial en el aula.
  • Relación entre lo práctico y lo teórico: el proyecto debe reflejar, con orientación pedagógica, alguno de los temas elegidos.
  • Bitácora: registro del proceso de escritura y reflexiones.

Clase 5 – Normativa y leyes vigentes

  • Introducción docente a las principales leyes y resoluciones sobre tutorías, acompañamiento de trayectorias y políticas educativas (ejemplo: Ley de Educación Nacional, resoluciones jurisdiccionales).
  • Cada grupo selecciona la normativa que mejor se articule con sus temas.
  • Inicio del diseño de diapositivas.

Clase 6 – Avance de proyectos grupales

  • Trabajo autónomo en grupos con acompañamiento del docente.
  • Consolidación del marco teórico con apoyo de la bibliografía.
  • Avance en la producción de diapositivas sobre la normativa elegida.
  • Bitácora: registro del progreso y dificultades.

Clase 7 – Puesta en común

  • Presentación preliminar de los proyectos de cada grupo.
  • Debate entre los grupos con devoluciones críticas y constructivas.
  • Ajustes finales del proyecto, marco teórico y diapositivas.

Clase 8 – Cierre y evaluación

  • Exposición final grupal:
    • Presentación del proyecto de tutorías.
    • Presentación de las diapositivas sobre normativa y leyes vigentes.
  • Entrega de la bitácora grupal completa.
  • Debate final: aprendizajes colectivos sobre la tutoría y la orientación escolar.
  • Evaluación integral: participación, bitácora, producción de escritura y presentación.

Productos finales de cada grupo:

  1. Bitácora grupal (con registro de 8 clases).
  2. Marco teórico con bibliografía.
  3. Proyecto de Tutorías sobre una situación educativa.
  4. Diapositivas sobre normativa vigente.
  5. Exposición final.

 

Consignas generales para la Bitácora

·         Portada: título del proyecto, nombres de los integrantes y fecha.

·         Presentación: breve introducción sobre por qué eligieron esos temas y qué vínculo encontraron con otro de los restantes.

·         Registro de avances: cada semana deberán escribir en la bitácora:

o    Qué leyeron, discutieron o investigaron.

o    Aportes de cada integrante.

o    Dificultades encontradas y cómo las resolvieron.

o    Ideas para próximas clases.

·         Reflexión final: aprendizajes logrados, valoración del trabajo en equipo y del tema investigado.

·         Formato libre: pueden incluir esquemas, mapas conceptuales, citas de textos, recortes de noticias, imágenes, etc.

 

Consignas generales para la Producción del proyecto:

·         Portada: título del proyecto, nombres de los integrantes y fecha.

·         Presentación: fundamentación, posicionamiento pedagógico, objetivos, impacto esperado, destinatarios, recursos necesarios, actividades del proyecto.