A mediados del año 1996, un periódico
frívolo, necesitado de una porción de drama en su abanico burbujeante y
amarillista, me mandó a tomarle el pulso a un pueblo fantasma. Este pueblo,
Amaicha del Valle, quedaba, o quedaba entonces, en Tucumán, a 180 kilómetros de
la Casa de la Independencia.
A comienzos de la década del 70, Amaicha
tenía poco más de tres mil habitantes. Todos vivían alrededor del ingenio
azucarero y de un viñedo. Años después, sólo quedaron las uvas del buen vino.
Hacia 1980, de los tres mil habitantes
quedaron menos de cuatrocientos. Permanecieron algunas madres con sus hijas más
chicas y algunos viejos que, por falta de voluntad, no se iban para morir en
otra tierra. Hacia 1990, el silencio se había adueñado del pueblo. Menem y su
autodenominada transformación económica habían superado el límite de la muerte
sobre la vida.
Yo había llegado con una libreta, una
grabadora y esa mezcla de curiosidad y soberbia que a veces llevan los
periodistas cuando creen que van a contar la vida de los demás en una nota de
dos páginas. En la redacción me habían dicho: “Andá, mirá qué queda y volvé con
algo fuerte”. Algo fuerte. Así se llamaban, en esos años, las vidas de los
otros.
El viaje desde Tucumán fue largo. La
ruta se fue quedando sin casas y después casi sin árboles. El paisaje empezó a
cambiar de color hasta volverse una sucesión de marrones, ocres y verdes
apagados. El aire era seco y entraba por la ventanilla con olor a tierra
caliente. En algunos pueblos aparecían perros echados al costado del camino,
demasiado quietos para perseguir el auto. Yo todavía no sabía que, iba a volver
a encontrar esos perros, en Amaicha.
El día anterior había estado en el
hospital de niños de Tucumán y había visto una hilera de chicos con el vientre
inflamado. Había madres sentadas en los pasillos, algunas con los chicos
dormidos sobre las piernas. Una mujer me había pedido que le alcanzara un vaso
de agua. Otra, miraba una puerta cerrada como si detrás de ella estuviera
esperando una respuesta. Salí de ahí con el olor del hospital pegado a la ropa:
lavandina, remedios, transpiración y ese olor particular de los lugares donde
demasiada gente espera.
Al día siguiente, al llegar a Amaicha, lo primero que me sacudió fue la frase del cartel de bienvenida: “...de los 365 días del año sólo llueven 5...”. Se acercó un pueblerino y me dijo:
—Aquí el sol es una mano quieta.
Lo dijo sin solemnidad, como quien dice
que el almacén cerraba a las ocho o que el colectivo pasaba los martes. Después
siguió caminando. Yo me quedé unos segundos mirando el cartel y después el
cielo. Era un cielo limpio, enorme, casi insolente.
Las veredas y las calles habían perdido los bordes, habían perdido el amor propio. Una casa y otra casa, abandonadas. Las puertas estaban hinchadas por el tiempo. Algunas ventanas tenían los vidrios rotos y otras permanecían cerradas como ojos que ya no querían mirar. Había olor a adobe seco, a leña vieja, a tierra. En una esquina crecían yuyos donde alguna vez debió haber pasado una escoba. Empujé una puerta entreabierta. Una mujer, más gastada que vieja, nos dijo:
—Los hombres y mujeres se fueron por trabajo muy lejos. Quedamos algunas mujeres y los niños y un puñado de viejos. Las mujeres vamos a Cafayate —la ciudad más cercana— tres veces por semana, por trabajo.
La mujer hablaba despacio. No parecía esperar lástima. Mientras hablaba, una criatura apareció detrás de su pollera y volvió a esconderse. En el fondo de la casa se escuchaba el raspado de una olla.
—Esa señora que usted está ahora mirando no está gorda, está embarazada. Pero con el marido lejos. Cuando él vuelva su gurí habrá nacido y seguro que hasta sabrá caminar.
Se rió apenas, sin alegría. Después miró hacia la puerta.
—Las cosas de a poco se van cayendo. Se caen las cosas porque se cansan de tanto silencio...
Anoté la frase. Después cerré la
libreta. Me pareció que escribirla podía convertirla en una frase bonita y que
ella estaba hablando de algo demasiado serio para que yo lo adornara.
Dos cuadras más allá me encontré con un
viejo. Don Matías había enviudado hacía veinte años. Me invitó a su rancho.
Mientras tanto, la salamandra, cargada de carbón, escupía humo.
El rancho olía a leña, a ropa guardada y a guiso. El humo se quedaba adentro y hacía llorar los ojos. Don Matías no parecía tener apuro por nada. Me ofreció un mate que ya estaba lavado y se sentó frente a mí.
Don Matías no hablaba con nadie. Sólo conversaba, cada mañana, al alba, con una foto. La de su mujer. La fotografía estaba sobre una repisa, al lado de una estampita y un vaso con dos flores secas.
—Ella se murió hace veinte años —me dijo.
Le contesté que lo sabía.
—Sí, pero yo no.
No entendí. O no quise entender. Don
Matías creía que hoy era mucho tiempo. O, al revés, que hacía mucho tiempo era
hoy.
Antes de irme me acompañó hasta la puerta. El frío de la tarde había empezado a meterse entre las casas.
—Cuando uno se queda solo —me dijo—, el tiempo deja de pasar como antes.
No encontré qué contestarle. Hay
momentos en que cualquier respuesta parece una falta de respeto. Los escasos
vecinos nos contaron que aquello había sido un pueblo con plaza, con club, con
bar, con dos almacenes de ramos generales. Ahora era sólo el recuerdo.
Me mostraron dónde había estado la
plaza. Una mujer señaló un terreno vacío y me dijo que ahí se bailaba en las
fiestas. Otro recordó un almacén donde vendían harina, azúcar, querosén, vino y
caramelos. Hablaban de esos lugares como si todavía estuvieran abiertos. Quizás
lo estaban. Sólo que en otra parte de la memoria.
Antes de seguir viaje, me acerqué a un
señor que estaba sentado con la silla al revés en lo que había sido la vereda.
Tenía un diario arrugado en la mano, vaya a saber de cuándo, y me hizo pasar a
su casa.
Se llamaba García. No recuerdo su nombre
de pila. Quizás porque en aquel momento todos eran simplemente García, Matías,
la señora de la esquina, el hombre de la radio. Gente que parecía haber quedado
fuera de los mapas mientras en Buenos Aires se discutía sobre mercados,
privatizaciones y modernización.
Tenía dos habitaciones, una especie de cocina-comedor y una radio a transistores. Había pocas cosas. Una mesa, cuatro sillas, una cama, una cocina y un mueble lleno de papeles. En una taza había tres tornillos. En otra, fósforos. Me miró mientras yo miraba y entonces me dijo:
—Mis hijos, mis nietos, mi mujer, todos se fueron a vivir a la provincia de Buenos Aires. Yo soy jubilado mecánico y fanático de Boca Juniors.
Me señaló una fotografía de Maradona que estaba debajo del crucifijo.
—Preferí juntar todas mis cosas aquí en la cocina porque, tropezando con las cosas, siento que estoy acompañado.
Lo dijo y se quedó pensando. Después agregó:
—Si las pongo cada una en su lugar, parece que vivo solo.
Había desolación, pero también limpieza.
En una pared, un crucifijo. Y al lado, un retrato de Diego Maradona.
—Linda radio —le dije.
Y García se iluminó.
—Linda y compañera. Pero sólo la prendo y la saco un rato los domingos, por el gasto de pilas, ¿vio?
La radio estaba envuelta en un repasador. La trataba como si fuera una cosa frágil, aunque seguramente había soportado más golpes que cualquiera de nosotros. Le pregunté a García dónde sacaba la radio. Me tomó de un brazo y me dijo:
—Venga conmigo.
Salimos.
—¿Ve allá enfrente?
Ahí estaba la canchita. Hacía tiempo que
nadie jugaba allí. Era imposible juntar dos equipos de once. El rectángulo de
juego ya no existía. A un arco sólo le quedaban dos postes. El viento había
borrado las líneas. Quedaban algunos pozos, yuyos secos y pedazos de alambre.
En una de las esquinas todavía se veía una marca blanca, quizás de cal, quizás
de otra época.
Abajo del otro arco, entero todavía, García se detuvo y me contó:
—A mi radio los domingos la pongo aquí, justo debajo de este arco, y escucho el partido, de a ratos, por las pilas, ¿vio?
Me pregunté qué partido escucharía. Si Boca jugaba de local, si jugaba afuera, si esperaba los domingos, aunque no jugara. Pero no se lo pregunté. García dejó la radio sobre el suelo, justo donde, según él, había estado el área chica.
—Acá venía toda la gente.
—¿Y ahora?
Se encogió de hombros.
—Ahora vengo yo.
Nos quedamos un rato sin hablar. A lo lejos se escuchaba un pájaro. Nada más. Ni una pelota contra una pared, ni una voz, ni el motor de un auto. Entonces García encendió la radio. El aparato tardó unos segundos en encontrar una frecuencia. Primero apareció una música entrecortada, después una voz, después una publicidad. Él bajó el volumen.
—Todavía anda.
Lo dijo con orgullo. Una cancha sin
bordes, sin jugadores, sólo un arco. Una radio los domingos. García vivía de
eso. Vivía para eso.
Yo había llegado para escribir sobre un
pueblo que se moría. Pero mientras miraba a García, debajo de aquel arco pensé
que quizás, había algo más difícil de contar: la gente que se queda cuando ya
no queda casi nada. Los que sostienen una casa, una fotografía, una radio, una
camiseta, una costumbre. Los que siguen poniendo la mesa, aunque falte alguien.
Pensé en los chicos que había visto el
día anterior en el hospital. Pensé en sus madres. Pensé en aquella mujer
embarazada cuyo marido estaba lejos. Pensé en los habitantes que se habían ido
y en los pocos que permanecían allí, como si resistir fuera también una forma
de trabajo.
En la redacción, seguramente, esperaban
otra cosa. Una historia triste, alguna fotografía con una casa abandonada y un
título que hablara de la muerte de un pueblo. Quizás hasta una palabra como
“progreso”.
Yo ya no estaba tan seguro de saber qué significaba esa palabra. Me despedí y García se quedó mirándome desde ahí, desde abajo del arco. No me dio la mano. Levantó apenas la cabeza y me dijo:
—Vuelva algún domingo.
Le prometí que volvería, aunque sabía en
mí interior, que no iba a volver. Tres, cuatro perros deshilachados me
acompañaron y encontré respuesta para lo que había dicho aquel hombre cuando
llegué: Aquí el sol es una mano quieta.
Mientras me alejaba, miré hacia atrás.
García seguía debajo del arco, con la radio a sus pies. Era una figura pequeña
en medio de aquella cancha vacía. El sol empezaba a bajar, pero no parecía
moverse. O quizás éramos nosotros los que nos movíamos demasiado rápido. Tan
quieta era la mano de sol que los perros no ladraron cuando llegamos, ni
ladraron ahora que nos estábamos yendo.
Gonzalo Niggli



