I
Me
llamo Julián Echeverría, tengo sesenta y seis años y todavía cargo con la
obstinación de no quedarme quieto. Hoy, 3 de agosto de 2025, pensé que iba a
ser una jornada más de reclamo, de esas donde uno se sienta con otros en la
plaza, se pasa el mate de mano en mano y se escucha, entre banderas arrugadas,
cómo los altoparlantes gritan lo que ya sabemos: que nos roban, que nos
humillan, que el presidente ha decidido volver la vejez un castigo.
Llegué
temprano al Congreso, esa mole gris que a mí siempre me pareció más cárcel que
casa de las leyes. El aire olía a pan viejo, como si la ciudad entera hubiera
desayunado migajas. Caminé despacio, porque mis rodillas crujen como puertas
oxidadas, pero cada paso era una declaración de persistencia. Yo, jubilado
ferroviario, hijo de maquinistas, no iba a quedarme mirando desde la ventana
cómo el país se doblaba de hambre.
La
plaza estaba llena de rostros arrugados, de bastones alzados como estandartes,
de gargantas que cantaban “¡La patria no se vende!”. Había también jóvenes,
muchos estudiantes que se mezclaban con nosotros, como nietos de la dignidad.
Yo me sentía acompañado, aunque la soledad siempre me persigue: la de haber
sobrevivido a mis amigos que ya no están, la de escuchar mi propio corazón
sonar demasiado fuerte cuando las sirenas empiezan a aullar.
II
A
las cuatro de la tarde, como si alguien hubiera dado una orden secreta, el aire
se endureció. Primero fue un empujón invisible: los escudos negros de la
Policía Federal comenzaron a moverse hacia nosotros, despacio, con ese ritmo
que tiene la muerte cuando se acerca. Un murmullo recorrió la plaza: algunos
decían “cuidado”, otros “no aflojen”. Yo solo apreté el termo contra el pecho
como si fuera una Biblia.
Los
vi venir. Sus cascos brillaban como insectos bajo el sol, sus tonfas parecían
ramas secas listas para quebrarse sobre nuestra piel. Yo pensé: qué vergüenza,
hijos, qué vergüenza pegarle a los viejos. Y sin embargo, los golpes empezaron.
Sentí
el primer impacto en la cabeza como si el cielo se partiera en dos. Un
relámpago seco me atravesó el cráneo. Caí al suelo. El mundo se volvió rojo y
negro, rojo y negro, un tambor golpeando desde dentro. Y entonces sucedió algo
extraño: la sangre que corría por mi frente se transformó en un río. Yo, tirado
en la vereda, vi cómo mi sangre se expandía y dibujaba pequeños barcos que
navegaban hacia las alcantarillas. Escuché a los barcos cantar.
III
Me
dio odio, sí, un odio espeso como alquitrán, pero también una lucidez
repentina: aunque me quiebren, voy a seguir viniendo. Ese pensamiento me
sostuvo mientras los gases empezaron a escupirse desde los tubos metálicos. El
humo era espeso, ardía en los ojos como si me hubieran lanzado brasas. Tosí,
lloré, quise gritar. Y en medio de esa bruma escuché a un compañero, también
caído, que gritaba con voz quebrada:
—¡Vergüenza
debería darles!
Lo
dijo como si invocara un trueno. Y yo sentí que tenía razón: en ese instante,
la vergüenza se volvió un fantasma que revoloteaba alrededor de los policías,
mordiéndoles las botas, arañándoles los cascos. Vi a uno de ellos sacudirse
como si un enjambre lo persiguiera.
Un
camarógrafo que estaba cerca también cayó. Lo reconocí porque su cámara seguía
prendida, tirada en el suelo, grabando el humo y los cuerpos arrastrándose. Lo
escuché decir, con la voz hecha ceniza: “Esto quema como fuego en los ojos”.
Sus palabras me parecieron poesía, porque eran verdad.
Yo
no sé cuánto tiempo estuve en el piso. Sé que me levantaron entre dos
estudiantes y me llevaron hasta una esquina donde un médico improvisado me lavó
la herida con leche. Sentí que me ardía, pero también que renacía. Como si esa
mezcla extraña tuviera el poder de devolverme la vista y la terquedad.
IV
Esa
noche escribo esto, con la frente vendada, mientras mi mujer duerme en la otra
habitación y la radio todavía repite las noticias: “Represión en Rosario contra
jubilados que protestaban por el veto presidencial”. Lo dicen con esa frialdad
de los comunicados oficiales, como si hablaran de otra galaxia. Yo, en cambio,
siento todavía el olor a pólvora en las fosas nasales.
Me
miro al espejo y no me reconozco. Hay un anciano con ojos enrojecidos que me
devuelve la mirada. Pero detrás de él veo a mi padre, que murió con las manos
curtidas de tanto manejar trenes, y a mi madre, que alguna vez me dijo: “Nunca
bajes la cabeza, Julián”.
Me
pregunto qué significa resistir cuando ya casi no te quedan fuerzas. Y me
respondo solo: resistir es seguir escribiendo esto, aunque tiemble el pulso,
resistir es ir mañana otra vez si es necesario, resistir es recordar que no
estamos solos, aunque nos quieran dispersar a palos.
V
El
realismo mágico, pienso, no está en los libros sino en la calle. Hoy lo vi
cuando mi sangre se hizo río, cuando la vergüenza se volvió fantasma, cuando
los gases parecían dragones de humo. Y aunque suene delirante, sé que todo eso
fue real. Porque la represión en este país siempre mezcla lo tangible con lo
imposible, lo humano con lo monstruoso.
En
tiempos de Milei, donde nos dicen que los pobres sobran, que los jubilados
somos un gasto, que la represión es orden, escribir este diario íntimo es mi
modo de decir que no me rindo. Tal vez mañana ya no tenga fuerzas para salir,
pero estas palabras quedarán, como quedó la voz de aquel compañero que gritó desde
el piso: “Vergüenza debería darles”.
Yo
sé que la vergüenza no los tocará a ellos, pero sí puede quedarse con nosotros,
como una bandera que flamea en la memoria. Y esa memoria es la que me empuja a
seguir. Porque, aunque me partan la cabeza, yo, Julián Echeverría, ferroviario
jubilado, hijo de este suelo castigado, voy a volver. Siempre voy a volver.

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