jueves, 20 de agosto de 2026

Cuento: La lluvia de palos

 

I

Me llamo Julián Echeverría, tengo sesenta y seis años y todavía cargo con la obstinación de no quedarme quieto. Hoy, 3 de agosto de 2025, pensé que iba a ser una jornada más de reclamo, de esas donde uno se sienta con otros en la plaza, se pasa el mate de mano en mano y se escucha, entre banderas arrugadas, cómo los altoparlantes gritan lo que ya sabemos: que nos roban, que nos humillan, que el presidente ha decidido volver la vejez un castigo.

Llegué temprano al Congreso, esa mole gris que a mí siempre me pareció más cárcel que casa de las leyes. El aire olía a pan viejo, como si la ciudad entera hubiera desayunado migajas. Caminé despacio, porque mis rodillas crujen como puertas oxidadas, pero cada paso era una declaración de persistencia. Yo, jubilado ferroviario, hijo de maquinistas, no iba a quedarme mirando desde la ventana cómo el país se doblaba de hambre.

La plaza estaba llena de rostros arrugados, de bastones alzados como estandartes, de gargantas que cantaban “¡La patria no se vende!”. Había también jóvenes, muchos estudiantes que se mezclaban con nosotros, como nietos de la dignidad. Yo me sentía acompañado, aunque la soledad siempre me persigue: la de haber sobrevivido a mis amigos que ya no están, la de escuchar mi propio corazón sonar demasiado fuerte cuando las sirenas empiezan a aullar.

II

A las cuatro de la tarde, como si alguien hubiera dado una orden secreta, el aire se endureció. Primero fue un empujón invisible: los escudos negros de la Policía Federal comenzaron a moverse hacia nosotros, despacio, con ese ritmo que tiene la muerte cuando se acerca. Un murmullo recorrió la plaza: algunos decían “cuidado”, otros “no aflojen”. Yo solo apreté el termo contra el pecho como si fuera una Biblia.

Los vi venir. Sus cascos brillaban como insectos bajo el sol, sus tonfas parecían ramas secas listas para quebrarse sobre nuestra piel. Yo pensé: qué vergüenza, hijos, qué vergüenza pegarle a los viejos. Y sin embargo, los golpes empezaron.

Sentí el primer impacto en la cabeza como si el cielo se partiera en dos. Un relámpago seco me atravesó el cráneo. Caí al suelo. El mundo se volvió rojo y negro, rojo y negro, un tambor golpeando desde dentro. Y entonces sucedió algo extraño: la sangre que corría por mi frente se transformó en un río. Yo, tirado en la vereda, vi cómo mi sangre se expandía y dibujaba pequeños barcos que navegaban hacia las alcantarillas. Escuché a los barcos cantar.

III

Me dio odio, sí, un odio espeso como alquitrán, pero también una lucidez repentina: aunque me quiebren, voy a seguir viniendo. Ese pensamiento me sostuvo mientras los gases empezaron a escupirse desde los tubos metálicos. El humo era espeso, ardía en los ojos como si me hubieran lanzado brasas. Tosí, lloré, quise gritar. Y en medio de esa bruma escuché a un compañero, también caído, que gritaba con voz quebrada:

—¡Vergüenza debería darles!

Lo dijo como si invocara un trueno. Y yo sentí que tenía razón: en ese instante, la vergüenza se volvió un fantasma que revoloteaba alrededor de los policías, mordiéndoles las botas, arañándoles los cascos. Vi a uno de ellos sacudirse como si un enjambre lo persiguiera.

Un camarógrafo que estaba cerca también cayó. Lo reconocí porque su cámara seguía prendida, tirada en el suelo, grabando el humo y los cuerpos arrastrándose. Lo escuché decir, con la voz hecha ceniza: “Esto quema como fuego en los ojos”. Sus palabras me parecieron poesía, porque eran verdad.

Yo no sé cuánto tiempo estuve en el piso. Sé que me levantaron entre dos estudiantes y me llevaron hasta una esquina donde un médico improvisado me lavó la herida con leche. Sentí que me ardía, pero también que renacía. Como si esa mezcla extraña tuviera el poder de devolverme la vista y la terquedad.

IV

Esa noche escribo esto, con la frente vendada, mientras mi mujer duerme en la otra habitación y la radio todavía repite las noticias: “Represión en Rosario contra jubilados que protestaban por el veto presidencial”. Lo dicen con esa frialdad de los comunicados oficiales, como si hablaran de otra galaxia. Yo, en cambio, siento todavía el olor a pólvora en las fosas nasales.

Me miro al espejo y no me reconozco. Hay un anciano con ojos enrojecidos que me devuelve la mirada. Pero detrás de él veo a mi padre, que murió con las manos curtidas de tanto manejar trenes, y a mi madre, que alguna vez me dijo: “Nunca bajes la cabeza, Julián”.

Me pregunto qué significa resistir cuando ya casi no te quedan fuerzas. Y me respondo solo: resistir es seguir escribiendo esto, aunque tiemble el pulso, resistir es ir mañana otra vez si es necesario, resistir es recordar que no estamos solos, aunque nos quieran dispersar a palos.

V

El realismo mágico, pienso, no está en los libros sino en la calle. Hoy lo vi cuando mi sangre se hizo río, cuando la vergüenza se volvió fantasma, cuando los gases parecían dragones de humo. Y aunque suene delirante, sé que todo eso fue real. Porque la represión en este país siempre mezcla lo tangible con lo imposible, lo humano con lo monstruoso.

En tiempos de Milei, donde nos dicen que los pobres sobran, que los jubilados somos un gasto, que la represión es orden, escribir este diario íntimo es mi modo de decir que no me rindo. Tal vez mañana ya no tenga fuerzas para salir, pero estas palabras quedarán, como quedó la voz de aquel compañero que gritó desde el piso: “Vergüenza debería darles”.

Yo sé que la vergüenza no los tocará a ellos, pero sí puede quedarse con nosotros, como una bandera que flamea en la memoria. Y esa memoria es la que me empuja a seguir. Porque, aunque me partan la cabeza, yo, Julián Echeverría, ferroviario jubilado, hijo de este suelo castigado, voy a volver. Siempre voy a volver.

 Gonzalo Niggli

No hay comentarios:

Publicar un comentario