martes, 15 de septiembre de 2026

Cuento: El diccionario de la calle

I

Me llamo Mateo Roldán, y vendo libros usados en las veredas de Santa Fe. No cualquier libro: diccionarios viejos, novelas que nadie termina, ediciones gastadas de autores que la gente a veces nombra de reojo, como si fueran parientes lejanos. Yo digo que no vendo libros: vendo pedazos de memoria ajena. Cada hoja subrayada, cada mancha de café, cada firma en la primera página es un fantasma que me acompaña.

Hace unos días escuché al presidente Milei por la radio portátil que cargo en mi mochila. Su voz de trueno decía que los “zurdos de mierda” querían arruinar el país. Palabras filosas, como piedras lanzadas contra la ventana rota de mi puesto.

Me quedé pensando en las palabras. En cómo pueden curar o destruir.

Fontanarrosa decía que no hay malas palabras, sino malas intenciones. Dolina repetía que la grosería más grande es la injusticia. Yo, en la calle, lo sé mejor que nadie: un insulto a veces duele menos que un precio de pan.

II

Salí temprano esa mañana. El cielo tenía un color de ceniza húmeda. Caminé hasta la peatonal con mi carrito de fierro, cargado de libros que apenas logro vender. Pasé frente a un kiosco: los diarios mostraban en tapa la foto de Milei con la boca abierta, como un niño que grita demasiado fuerte en un recreo.

Me pregunté si alguna vez leyó a Dolina, o si alguna vez rió con un cuento del Negro Fontanarrosa. Tal vez no. Tal vez en su biblioteca no hay espacio para la ternura.

Yo, en cambio, aprendí en esos libros que el humor y la poesía son armas contra la desesperanza.

III

A media mañana desplegué mis tesoros en el piso: ediciones gastadas de Crónicas del Ángel Gris, tiras de Inodoro Pereyra, un Martín Fierro con páginas arrancadas, y un diccionario español-inglés del 78 que todavía conserva olor a humedad.

Se acercó un hombre con traje barato. Me señaló el diccionario.

—¿Cuánto?

Le dije el precio, y él resopló.

—Ni loco pago eso por una cosa vieja.

Lo vi alejarse y pensé: nadie quiere ya las palabras. Prefieren los gritos.

IV

Escribo esto en un cuaderno que rescaté de la basura. Es mi diario secreto, aunque nadie lo leerá jamás. Aquí guardo mis miedos, mis preguntas.

¿Y si tienen razón ellos? ¿Y si los pobres somos los culpables de todo? A veces, de tanto escuchar, uno empieza a creer en las mentiras. Como esas lluvias finitas que, gota a gota, terminan agujereando la piedra.

Pero entonces recuerdo a mi abuela, que repetía: “El que insulta mucho es porque no sabe explicar”. Ella, que jamás fue a la universidad, entendía más de política que todos los ministros juntos.

V

Hoy pasó una señora con bolsas del súper. Se detuvo frente a mí, me miró y murmuró algo que apenas escuché: “Andá a laburar de verdad”.

Sentí una puñalada. ¿Acaso esto no es trabajo? ¿No es acaso trabajo aguantar el frío, las corridas de la policía, el desprecio de los que me miran desde arriba?

Las malas palabras cambian de forma. A veces no son groserías, sino frases dichas con voz educada que te hacen sentir basura.

VI

Al mediodía compartí un sándwich con Roberto, un vendedor de medias que se sienta cerca de mí. Hablamos de fútbol, de los precios, del futuro que nunca llega.

—¿Escuchaste al presidente ayer? —me preguntó.

—Sí.

—Dice que la Argentina va a ser como Irlanda.
Reímos los dos.

—Ojalá —dije—, aunque yo nunca supe cómo es Irlanda. Lo único que sé es que la cerveza es rica. ¿Será?

Ramiro me contó que su hijo dejó la facultad porque no pudo pagar el boleto. “El presidente habla de héroes que hacen plata, pero mi hijo es más héroe que todos ellos”, dijo, y se le humedecieron los ojos.

VII

Por la tarde, un pibe de unos veinte años se acercó. Me pidió prestado un Crónicas del Ángel Gris. Lo hojeó con cuidado, como quien toca un objeto sagrado.

—¿Quién es este Dolina? —preguntó.

Le conté. Le hablé de los ángeles de Flores, de los bares perdidos, de las mujeres imposibles. El pibe me escuchaba con fascinación.

—¿Y puedo quedármelo fiado?

Lo dudé. Pero vi en sus ojos un brillo que rara vez aparece en esta ciudad cansada.

—Llevátelo —le dije—. Págame cuando puedas.

Me abrazó como si le hubiera regalado un tesoro. Y yo sentí, por un momento, que vender palabras todavía tenía sentido.

VIII

En el colectivo de regreso, la radio repetía los discursos de Milei. “El que gana dinero es un héroe. No le demos lugar a los zurdos de mierda”. La gente aplaudía en el auditorio.

Cerré los ojos. Me pregunté: ¿qué héroe soy yo, que gano apenas para un paquete de arroz? ¿Qué villano inventaron en mí, para que tantos me odien sin conocerme?

Las malas palabras no siempre vienen con insultos. A veces son políticas enteras disfrazadas de tecnicismos: ajuste, déficit, eficiencia. Palabras que suenan limpias pero que ensucian los platos vacíos.

IX

En casa me esperaban mis hijos. Les llevé un par de cuentos de Fontanarrosa que nadie quiso comprar. Los leímos en voz alta, entre risas y lágrimas. Ellos se rieron con Inodoro Pereyra. Yo también. Y me dije: todavía hay futuro mientras los chicos puedan reír.

Susana, mi compañera, me miró en silencio. Ella ya no ríe tanto. Sus ojos dicen lo que sus labios callan: el miedo a que un día no tengamos ni siquiera para ese arroz que nos sostiene.

X

Escribo ahora, en la madrugada. Afuera la ciudad duerme, pero yo no puedo. Las palabras del presidente siguen taladrándome la cabeza. “Zurdos de mierda”.

Pienso en lo que dijo Fontanarrosa: no hay malas palabras, hay malas personas. Pienso en lo que escribió Dolina: la verdadera grosería es el dolor de los pobres.

Yo, un vendedor ambulante de libros olvidados, resisto con palabras. Ellas me sostienen más que el pan. Porque, aunque no me den de comer, me dan dignidad.

XI

Mañana volveré a la peatonal. Volveré a extender mi manta de libros huérfanos. Volveré a escuchar los insultos disfrazados de economía.

Pero también volveré a mirar a los ojos de los que todavía creen en las palabras. Los que entienden que no hay insulto más grande que el hambre.

Y cuando el presidente vuelva a gritar, yo recordaré a Dolina, a Fontanarrosa, a mi abuela. Recordaré que las palabras pueden ser puñales, pero también pueden ser abrazos.

Mi puesto de libros es un diccionario de la calle. Allí se aprenden las verdaderas definiciones: pobreza es injusticia, trabajo es dignidad, héroe es el que comparte su pan. Las malas palabras del poder no podrán borrar esa verdad.

 

Gonzalo Niggli

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